viernes, 23 de julio de 2010

Perfume al filo del dolor




Son esas palabras
que empezamos a decir más seguido
cuando el silencio deja de ser paz
para comenzar a ser olvido.

Hemorragia de luz,
somos el eterno presente
de un te quiero pronto a no querer
más que a sí mismo.

Mueren, mi amor,
para que nosotros vivamos.
Sin Auschwitz, sin Hiroshima
no tendrían ese brillo tus ojos.

domingo, 15 de noviembre de 2009

Hybris


Y si tratar de comprender
fuera, en última instancia,
saber que no es posible más
que ser extranjeros en nuestro cuerpo.

Hay un molde vacío
al que tus antepasados
llamaron hombre.
Esa medida de todas las cosas
debe ser rota
si hemos de ser libres.

Hay que atravesar la piel
demoler los cimientos
de la buena conciencia
apagar alguno que otro
cigarrillo
en el ojo del amo
y no en el cenicero.

Hybris, desmesura.
O, lo que es lo mismo,
vida.

sábado, 22 de agosto de 2009

Lo Comparable


Cuando ella se volvió para mirarlo, el cigarrillo pendía de sus labios, confirmando la expresión ausente de sus ojos.
-¿Viste, negra? Dentro de algunas décadas vamos a estar muertos, y nadie va a saber que caminamos por esta calle agarrados de la mano. Tratá de sentir los detalles, fijate como se agita aquel árbol por el viento, cómo se está oscureciendo el cielo.
Caminaron en silencio hasta la casa de él, y cuando hicieron el amor esa noche, a ella se le erizó la piel como nunca ante cada roce, y las sábanas de algodón tenían una textura distinta. Igual que siempre, pero distinta.
"Eso es comparar", se dijo ella a la mañana siguiente, mientras perdía sus dedos entre los rulos de él, desordenados sobre la almohada.
Lo besó con suavidad, se vistió y fue a trabajar.
Desde la ventana que daba a 25 de mayo, miró a la gente perderse en la distancia sin percatarse del árbol, notablemente herido por la tormenta de la noche anterior.
Al cabo de una semana ya estaría como antes. O parecido al menos, porque sería el mismo pero ya habría sufrido un poco más, aunque no quedaran cicatrices a la vista.
"Eso es comparar", pensó ella mientras se subía a un taxi.
Ser iguales que siempre, pero distintos.

miércoles, 3 de junio de 2009

Tal como relampaguea en un instante de peligro


Bienvenido al caos de la existencia. Bienvenido al principio de todos los ocasos; espero que hayas traído tus lentes de sol para ocultar que el fuego divino te comió los ojos.

sábado, 16 de mayo de 2009

En tiempo de silencios


En tiempo de silencios propios, tal vez lo mejor sea recurrir a las palabras de otros que sentimos nuestras. En esa línea, entonces, aquí las de Berti.

Eduardo Berti. La última mujer

Ella sentía tanto pudor que evitaba desvestirse en su presencia. Un pudor desmedido, observó él. Un pudor que ocultaba se diría, algún misterio. Por fin le dio la espalda, se quitó la blusa y volteó enseñádole unos senos puntiagudos, aunque cruzando los brazos a la altura del abdomen “¿Ves’” le dijo sin mirarlo. “Ningún hombre vio antes esto”, y le mostró en consecuencia su asombroso cuerpo sin ombligo.

“Cuando nací –contó- no hizo falta cortar el cordón umbilical. Tiraron de él y mi ombligo se arrancó, limpio y entero, del vientre. Mi padre me puso Eva, como la primera mujer que, al nacer de la costilla de Adán, también carecía de un ombligo. Mi madre se sobresaltó y, en un arranque de superstición, exclamó que si la primera mujer había nacido sin ombligo, ahora yo podía ser bien la última. Los médicos rieron de buena gana; aún así hasta que en el ala contraria no nació la siguiente niña, una incertidumbre (no sé si exagerada) reinó en aquel hospital.”

El escuchó en silencio su relato y se rió de la misma forma que los médicos parteros. Luego recorrió con la lengua el vientre liso. Y la amó como si en efecto fuera la última mujer en la tierra.

viernes, 21 de noviembre de 2008

Sobre Héroes Y Tumbas


Mi infinita solidaridad para todos aquellos héroes anónimos que tienen el coraje de sostener la única duda que importa, la que nos lleva a preguntarnos si vale la pena vivir cuando todo a nuestro alrededor se derrumba. Cuando la muerte, cuando el dolor, cuando la sonrisa del vergudo, cuando tus manos acarician a otro.
¿Tiene razón Silvio? ¿"Quedamos los que puedan sonreir, en medio de la muerte a plena luz"?
Que tu sonrisa no sea mueca. Que el brillo en tus ojos no sea el de los verdugos. Que tus alas te sirvan para remontar desde el abismo, y no para levantar polvaredas de sal frente al mundo.
Hace miles de años, en Grecia, algunos de nosotros entendimos que el dolor era inevitable porque las pasiones son arrebatos que a nada conducen. En la India tuvimos la misma intuición, y nos hicimos monjes mendicantes, después de que él meditara debajo de un árbol hasta alcanzar la iluminación. Si el dolor es inevitable, aceptémoslo, pero nada nos obliga a sufrir.
Más cerca en el tiempo, en Alemania, cierto misógino genial (nadie es perfecto) tomó esas enseñanzas y nos dijo que el deseo nada quiere, excepto la eterna reproducción de sí mismo. Friedrich, después del rechazo de Lou Andreas Salomé, nos quiso enseñar que lo que debe retornar eternamente es lo fuerte, la afirmación de la vida. Y enloqueció de dolor cuando vio cómo un cochero azotaba a su caballo.
No hay mucho más que decir. Seguimos aquí, y la pregunta está tan vigente como siempre: ¿qué vamos a hacer con el dolor? Soportarlo, como los héroes trágicos que somos, hasta que podamos enterrarlo en su tumba definitiva, que como el zahir, es peregrina.
Yo la encontré en los ojos de una mujer, y mi dolor ha tenido digno entierro.
Mi infinita solidaridad para los que aún conservan el coraje de sostener la duda, de ser héroes a la espera de su zahir, su anhelo, su tumba que no es sino la del sufrimiento y la desolación.
Hay un paraíso ambulante allá afuera para cada uno de nosotros, y muchos pecados que cometimos antes de ser digno de la redención.
Que, definitivamente, tiene nombre de mujer.

sábado, 6 de septiembre de 2008

Las Horas Muertas (Putrefacto De Occidentalidad)


Hay un proceso en curso, por qué no llamarlo alquimia, por el cual recuperamos en secreto eso que en nuestra infancia era verdadero, y, tras ponerlo en una fragua, lo deformamos hasta que nos sirve para justificar lo que somos.
No eran más que risas, e intentamos hacerlas pasar por gritos de dolor en la tormenta.
No eran más que caricias, y buscamos la presencia del otro que nos cercena y evita que seamos lo maravillosos que seríamos.

Volver monstruoso al pasado es un recurso siempre disponible para evitar mirar en el espejo al monstruo que somos hoy por hoy.
El futuro brillante y promisorio se erige como la contracara de nuestra enfermedad, que no es abarcada por ningún manual y llamamos, desde el sentido común, búsqueda de equilibrio.
¿Equilibrar qué? Las consecuencias no queridas de nuestras acciones con nuestros deseos más oscuros que ni siquiera nos animamos a nombrar. Equilibrar lo que somos con la imagen que tenemos de nosotros mismos.

Quiero dejar de ser una representación justificadora. Quiero dejar de tomar como autorrefenciales las cosas que veo en la calle. Una risa es una risa, un perro ladrando es un perro ladrando.
Ciertos monjes al otro lado del mundo llamaron a esto iluminación. Yo, putrefacto de occidentalidad, sólo puedo llamarlo cura.